Reunión de Docentes Jubilados

Como todos los años se llevó a cabo en la Sede Gremial, el pasado miércoles 29 de septiembre, un té que reunió a afiliados jubilados en conmemoración del Día del Maestro y del Jubilado.
La Delegada Seccional, Adriana Penna,  dio la bienvenida  y aludió a la pasión por enseñar que convoca a todos los docentes.
A continuación, en respuesta a la convocatoria realizada desde esta Delegación, leyeron sus trabajos Isabel Barreña, Liana Giordano, Albina Bría y Graciela García en representación de María Cristina Cantori.
Luego Cora Renard narró una anécdota personal acerca de la evaluación de un alumno.
Isabel Barreña y Mónica Tourn dramatizaron la historia de la música en sucesivos momentos. Promovieron  la participación  de los presentes que se sumaron con entusiasmo. Es de destacar la preparación de este trabajo en cuanto a escenografía, musicalización, coreografía y vestuario.
Finalmente los asistentes pudieron disfrutar de un té con tortas y de la sana camaradería, apropiándose del Gremio como un lugar habitual de encuentro.

Escribir para Rememorar

A la Señorita Goritzia Piccinini - Albina Bría

Mi señorita Polola - Albina Bría

La maestra y Oscar - Albina Bría

Recuerdos de Guardapolvo Blanco - María Cristina Cantori

Crónica de un viaje accidentado - Liana Giordano

Maestras de campo - Liana Giordano

Recuerdos de Isabel Barreña de Navarro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la Srta. Goritzia Piccinini:

           En sus caricias descubrimos la ternura,
De sus ojos verdes bebimos el amor,
Es el sinónimo perfecto de “MAESTRA”
Verla es reencontrarse con Dios”.


Albina Bría

 

 

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    Mi señorita  Polola


Albina C. Bria
La mirada embelezada
Tan pequeña y frágil era
Casi, casi, parecía,
De mis juegos, compañeras.

En sus ojos se leía
El asombro y la alegría
De  volcar en la enseñanza
Todo lo que ella sabía.

Con su mano suavecita
Tomaba,  con seguridad, la mía,
Y despacio, despacito,
Junto con ella escribía.

Tenía la risa dulce,
Mi “Maestra de Primero”
Olía a rosas y jazmines
El dorado de su pelo.

Era un hada verdadera
En mi mundo de inocencia
Y el pizarrón le servía
Como mágica galera.

Con ella aprendí las letras,
Los números y las cuentas,
A dibujar el Cabildo
Y pintar a la Bandera.

La Señorita Polola, así la llamaban todos
Los que su bondad conocían…
… y aunque pasaron los años y la vida continúa
aún siento la tibieza de su beso a la mañana
Y de sus manos en las mías…


Albina Bría

 

 

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La maestra y Oscar

Corrían tiempos difíciles. La Argentina de los años cincuenta estaba lejos de la democracia y por ese motivo llega a la escuela rural una nueva Directora… castigada!... ¡Así decían!; por no querer afiliarse al partido oficialista, ya que por sus antecedentes debía ser nombrada en el colegio más importante de la ciudad.

De cuerpo menudo, pero con una actitud firme y decidida, encendió desde el primer momento en el corazón de sus alumnos la antorcha de la libertad y elevó la bandera de la coherencia de hacer y decir según se piensa y siente, grabando a fuego la esencia de la dignidad…del que no se arrodilla para obtener favores y ganancias.

Lejos estaba de suponer que allí, en esa escuelita de campo, iba a librar otra batalla, pero esta vez ligada a su más perfecta labor de maestra y ese reto a su ternura se llamaba: Oscar.

Oscar era un niño áspero y duro, demasiado para su edad, casi violento que prácticamente no había conocido caricias ni afectos. Su sensibilidad se había quedado en algún lugar de su alma, oscurecida por la labor que a diario hacía con su padre. Eran sepultureros del cementerio, que a “dos cuadrados” de la escuela, se levantaba.

Ese convivir casi con la muerte hizo de Oscar un niño sin sueños, ni ilusiones y lo que era peor, incapaz de demostrar o recibir sentimiento amoroso alguno.

Goritzia, que así se llamaba la docente, quedó impactada al conocerlo; llegando a la escuela en un sulky grande y viejo, de pie y con el látigo en la mano azotaba sin descanso, al caballo que, mustio y cansado, ya casi no respondía al castigo.

Supo en ese momento, que tenía ante sí a un ser lastimado e indefenso y la ternura la recorrió en oleadas provocándole un intenso deseo de abrazarlo y protegerlo, pero que sólo llegó a ser una tímida caricia de sus manos pequeñitas, y que fueron bruscamente rechazadas.

A partir de ese instante todas sus fuerzas se convirtieron en empeño por cambiar esto, pero con el transcurrir de los meses, reconocía, que era casi imposible hacerle escribir un sustantivo adjetivado.

Así llegó el Día del Maestro y entusiasmada pensó que si pedía un trabajo con un tema tan cercano al corazón de los niños, tendría en Oscar un efecto favorable y por fin despertaría en él las cuerdas de su sensibilidad. Entró al aula y dijo:

_ Niños, escriban, Redacción: “Mis Maestras”.

Esperó con ansiedad el trabajo del alumno y esto fue lo que escribió Oscar:

La Polola era flaca y tenía tapado de piel. La otra era gorda y no tenía tapado de piel y la de ahora, viene con zapatos negros, se los saca y se pone zapatillas marrones así no se le gastan”.

Goritzia nunca le explicó, para no desanimarlo, que las zapatillas eran de abrigo para proteger el frío de sus pies. Lejos del desencanto se prometió, mas resuelta que nunca a recuperar ese corazoncito para la ilusión y la magia de su edad.

A los pocos días y ante una espléndida mañana de primavera, sintió que había llegado el momento y cruzó a los niños al campo de un vecino, que totalmente cubiertos de nabos en flor, formaban una maravillosa sinfonía en amarillos, con el sol. Con su alegría habitual y a pesar de que eran “chicos del campo”, tenía el don maravilloso de hacerles “re-conocer” lo que miraban a diario “sin ver”.

Les hizo sentir la brisa cálida sobre sus rostros, contemplar el azul transparente del cielo, diferenciar el perfume de tréboles y manzanillas, escuchar el ronco silbar del viento en alto de los eucaliptos y correr, con el corazón rebosante de felicidad, tras las mariposas multicolores que, libres, volaban entre las flores.

Exhaustos, pero con sus caritas sonrosadas y sonrientes ingresaron al aula. La docente casi exultante y convencida “de haber logrado el objetivo”, anunció:

Redacción: “Las mariposas”…

Y Oscar escribió:

Las mariposas son unas bestias,

Andan en tropillas,

Si las “cacho” las hago trizas

De las bronca que les tengo”…

Un velo de infinita tristeza cubrió el rostro de la maestra y sus dulcísimos ojos verdes se nublaron de lágrimas… Él lo notó y le preguntó agresivo:

_ ¡Qué! ¿No le gustó?, a lo que ella suavemente contestó:

_ ¿No te dan lástima las mariposas?

Pasaron los días y todo aparentemente seguía igual.

Una mañana, de pronto, aparece en la ventana del aula el rostro descuidado y sucio de un linyera. El susto fue general y todos quedaron paralizados por el miedo… menos Oscar que saltando sobre los bancos, casi como un felino y con la rapidez de un rayo, tomó la tranca de hierro con la que se aseguraban las puertas y se escondió tras el armario con gesto amenazante.

Pasaron los minutos, lentamente, casi agónicos, solamente escuchaban, cada uno el latir de sus propios corazones, hasta que por fin el vagabundo, satisfecha su curiosidad, se alejó.

Pasado el mal momento, la maestra le preguntó asombrada:

_ Oscar ¿por qué te escondiste?

Él le contestó desde el fondo de su alma.

_ ¡Para defenderla a Usted!

Fue la declaración de amor más hermosa que recibió en su vida y el abrazo se hizo interminable. ¡Por fin se habían desatado los nudos que liberaron los sentimientos de Oscar!

Lo hizo posible ese pilar que sustentaba todos sus actos, y el niño se lo había devuelto con creces…aunque de cualquier manera, Goritzia ya sabía, que lo único que puede cambiar al mundo es…el amor, que no existe la casualidad en los designios maravillosos de Dios y la sublime misión de ser…MAESTRA!

Albina Bría

 

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Recuerdos de Guardapolvo Blanco

No era necesario jubilarse para cobrar conciencia de la importancia que tuvo y tiene la escuela para mí. Los recuerdos brotan a borbotones, desde aquel lejano marzo del 53, cuando comencé a formar parte de lo que después se llamó la comunidad educativa.
Ingresé de la mano de mamá, quien era una de las porteras, al viejo edificio de las calles Mitre y Rivadavia, solar que ocupaba la Escuela “Juan Bautista Alberdi”. Con seis años cumplidos, el guardapolvo almidonado, impecables zapatos y medias blancas, portafolio de cuero, inmenso para mí, tan grande como mis dudas y temores; así comencé la escuela.
Me recibió una sonriente y joven maestra, la Señorita Nelly Franicevich, y con su tierna palabra penetré en el fascinante mundo de letras y números.
Evocar a mis maestras es rendirles un homenaje. En una sucesión desordenada hilvano los recuerdos y desfilan ante mí las figuras de Elba Brasca de Mellea, Nidia Medina de Seletti, Rosita de Villalonga, Inés Bastianelli, mi maestra de 6º grado quien me insufló el amor a la Literatura. En mi propia práctica docente posterior, de todas ellas, tuve algo. Fueron modelo de responsabilidad, vocación, amor a la niñez, disciplina, fervor, pasión y rigor académico.
En esta nostalgiosa mirada, no me quiero olvidar de las maestras de labores, música y educación física y de quienes fueron directivos por aquellos años:La Sra. De Osella, el Sr. Ezio Gazpoz, el Sr. Juan Negro.
Llegado marzo de 1961, ya estaba pronta para iniciar la vida del secundario. Ingresé a la Escuela Normal Nº 7 “Juan Francisco Seguí”, a la que se accedía por la calle Rivadavia. Allí estaba la adolescencia: todo era nuevo, desde las medias de nylon, y los zapatos negros abotinados, hasta el blazer azul y los trece años. Pero ese nuevo grupo, en formación, que tenía muchas dudas, tenía una inamovible certeza: ya sabíamos que seríamos maestros. Lo que no sabíamos todavía, es que nuestra vida escolar, iba a estar atravesada, teñida, impregnada y definitivamente “tocada”, por el influjo de dos personalidades señeras en la formación de maestros. Hablo de Dante León Morales, director de la escuela desde 1963, y de Goritzia Piccinini, la MAESTRA con mayúsculas, regente del Departamento de Aplicación y Profesora de Práctica de la Enseñanza. Junto a ellos, un séquito de docentes que nos informaron y formaron en la mística de la docencia.
Lo dije muchas veces y lo quiero repetir. Pasaron los años y me recibí de Profesora en Letras en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Rosario. Pero soy, o mejor dicho fui profesora porque primero soy maestra.
¡Gracias Amsafé por esta posibilidad de expresarme! ¡Gracias a todos y cada uno de mis maestros! Es una mínima devolución para una tarea noble, silenciosa, pero trascendente.
Es justicia.

María Cristina Cantori

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Crónica de un viaje accidentado

Éramos varias maestras que viajábamos a Tortugas. A las cinco y media de la mañana partíamos en un ómnibus de Ablo y General Urquiza.
Al llegar caminábamos veinte cuadras por campo abierto hasta llegar a la escuela. Cumplíamos con nuestra misión de enseñar y regresábamos al mediodía. Como no había horarios para volver en ómnibus íbamos hasta la “policía caminera”, que estaba sobre la ruta y ellos nos embarcaban en algún auto y sus choferes, gentilmente nos traían hasta Cañada, aunque para más seguridad, los policías anotaban en una planilla la patente del auto y al lado le hacían una cruz, para saber que allí iban las maestras.
Durante trece años viajamos en todo tipo de vehículos: camiones, autos, coche fúnebre, autos de carrera y hasta en el auto fastuoso de un embajador. Eran otras épocas; viajábamos tranquilas, jamás tuvimos que pasar un mal momento por groserías o falta de respeto.
En una ocasión, en que la lluvia caía copiosamente, pasaban muy pocos autos por la ruta y en nuestro deseo de volver a casa, nos subimos en un viejo auto, con las gomas lisas como bolas de billar.
Era manejado por un anciano colono, enamorado de su vehículo, quien ante los zigzagueos que hacía el vehículo sobre el pavimento mojado y nuestras exclamaciones y rezos, nos decía: “no se asusten por los barquinazos, no pasa nada chicas, este auto es muy seguro”.
Afuera la lluvia caía persistente, el agua entraba por los agujeros del piso y los vaivenes nos inclinaban de derecha a izquierda sin cesar.
En una de esas, pasamos por un tramo inundado y pese “a la pericia del conductor”, fuimos a parar a la cuneta llena de agua y barro. ¡Maldición! Se clavó de punta. Salimos como pudimos y entre todas empezamos a tirar para atrás, hasta que lo volvimos a la ruta, mojadas, embarradas y desesperadas. Debíamos seguir el viaje y subir al coche: Nené González no paraba de reírse, yo había quedado muda y Elidita Paserini tomó su portafolio y empezó a caminar por la ruta gritando: “¡Yo me voy caminando, allí no vuelvo ni que me maten ¡Chau!”.
Siempre bajo el agua intentamos convencerla y por fin lo logramos. Entre suspiros, mojadas hasta los tuétanos, llegamos en el auto a Cañada, dando gracias a Dios, por estar sanas y salvas a pesar de un viaje tan accidentado.  Anécdotas como esta hay muchas, pero… éramos jóvenes y nada nos detenía. Ahora al recordarlas sonrío y pienso:¡Qué imprudentes, atrevidas, inexpertas! ¡Pero éramos felices! ¡Éramos docentes, nada nos detenía; el mundo estaba a nuestros pies!

Liana Giordano

 

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Maestras de campo

Trabajaba yo como maestra reemplazante en la Escuela de Campo Yadanza, junto a la querida directora y amiga Chocha Aeschliman.
Viajábamos diariamente en un destartalado ómnibus que iba a Casilda por un camino de tierra. También nos acompañaban las docentes de la Escuela Severini, encabezada por su Directora Sra. Cora Renard. Pasábamos esa escuela y un trecho más adelante, bajábamos y tomábamos un sulky que nos llevaba hasta el edificio nuevo de la escuela. Luego regresábamos por el mismo itinerario y nuevamente tomábamos el ómnibus hasta Cañada.
En una oportunidad, empezó a llover copiosamente, volvimos en sulky hasta la escuela Severini, pero como el camino era de tierra, supimos que era inútil esperar el colectivo, porque en esos casos, no corría. ¡Qué hacer!  Era viernes, las seis de la tarde y queríamos regresar a casa. Luego de algunas deliberaciones, decidimos ir en sulky hasta las vías del tren que venían de Casilda y por ellas, volver caminando hasta Cañada. Así lo hicimos, hasta que llegamos al puente sobre el arroyo Cañada, que solo tenía unos durmientes bastantes separados entre sí.
Decidimos cruzarlo con precaución y mucho miedo porque abajo pasaba el arroyo, que ante tanta lluvia, venía crecido y correntoso.
Cuando estábamos por la mitad del puente, sentimos unas pitadas y al darnos vuelta vimos la luz de un tren carguero que venía de Casilda. Se imaginan nuestra desesperación; todas seguimos saltando sobre los durmientes, menos Chocha, que aterrorizada gritaba ¡No puedo seguir! ¡No puedo! ¡Yo me tiro al arroyo!
¡Había que salvarla! Gritando, en la oscuridad, empezamos entre todas a arrastrarla de los brazos (con temor de caernos al cauce del arroyo) diciéndole ¡Vamos Chocha, falta poco! ¡Un pasito más! ¡Dale!, hasta que penosamente llegamos al final del puente, con tanta suerte, que al instante comenzó a pasar el tren.
Hacía frío, era invierno, pero transpiramos más que en un ring de boxeo.
Así era la vida de las maestras de campo, llena de aventuras, a veces jocosas y otras tristes.
Pero al día siguiente, estábamos nuevamente dispuestas a reiniciar la rutina docente, felices y entusiastas por brindar el conocimiento a aquellos niñitos tan cariñosos que nos esperaban ansiosos.

Liana Giordano

 

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 Cañada de Gómez, 11 de septiembre de 2010

Como docente siempre recuerdo, lo que fueron mis inicios, fue una época muy linda.
Llegaba de Buenos Aires con mi título de docente normal, fui a inscribirme como tal, a la escuela Sarmiento, me recibió una señora muy cordial, que en ese momento era la Sra. Vice Directora “Angelita Cremona”, la cual al verme dijo: pero querida maestras de grado hay muchas, vos sabés tocar la guitarra, cantar, bailar, inscribite como docente de Música.
Al escuchar esto, pensé: no, lo mío no es enseñar música ¿cómo lo voy hacer?
Así inicié mi carrera, como reemplazante, en un acto del veinticinco de mayo, parada en el medio del salón con mi guitarrita, mis ojos y mi cara asombrada, miraban hacia un lado y al otro, tantos alumnos, tantos maestros y en el centro un señor muy elegante que inspiraba respeto, que me observaba, era el señor director de la escuela, el Sr. Gaspo, comencé a cantar la canción “El sol del veinticinco”. Escuchaban en silencio, las personas allí presentes, y al terminar, el aplauso, me llenó de regocijo, pensé dentro de  mí que estoy haciendo aquí. Pero todo fue mágico, en esa querida escuela transcurrí mis treinta y cuatro años de docencia, recuerdo muchos compañeros que me ayudaron en mis inicios, entre ellos: Aída Galato, Isabel y Edgardo Vera, Marina y Tata Simens, Rosita Giroto, Nieve Capagna, Ethel Pianeto, Nora Frangi, Sara Schaad, Vilma Smaldoni, Ana María Gonzalez, y la propia Angelita Cremona, que me enseñaba a preparar las veladas (que en ese entonces se realizaban en el cine Verdi).
Ella me llevaba a la dirección, con un tocadiscos viejo, y los discos de pasta, me enseñaba a bailar tango, me explicaba como planificar y como formar los grupos dentro del escenario.
Así transcurrí todos esos años, rodeada de directores y compañeros, de los cuales aprendí mucho, y guardo divertidas anécdotas.
Pero mi vocación docente y mi amor por la música y los niños, me llevaron a disfrutar de las cosas que hacía día a día.
Ahora del lado de jubilada, mi alma y mi corazón se reconfortan por la labor cumplida, y los años transcurridos en esa mi querida escuela Sarmiento, y recordar a todos los que pasaron por ella, compañeras docentes y no docentes, directores, padres, alumnos y cooperadores.
GRACIAS POR ESTAR EN MIVIDA Y LOS GUARDO A TODOS EN MI CORAZÓN.

Isabel Barreña de Navarro
(Docente de educación musical)      

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